—Al menos así lo dicen.
—Es verdad, Capitán, repuso el prisionero que había hablado hasta entonces; pero, aunque sabíamos que V. venía, no era a V. a quien esperábamos.
—Pues entonces ¿a quién era?
—¿Tiene V. absoluto empeño en saberlo?
—Sí por cierto.
—Pues entonces responda V., fray Antonio, dijo el prisionero en tono zumbón; porque solo V. puede revelar el nombre que el señor capitán nos exige.
—¡Yo! exclamó el fraile dando un salto, lleno de cólera y poniéndose pálido como un cadáver.
—¡Hola! ¡Hola! dijo el capitán volviéndose hacia él, esto comienza a ser interesante.
Era un espectáculo singular el que ofrecían aquellos cuatro hombres de pie y frente a frente, en torno de aquella hoguera cuyas llamas iluminaban sus rostros con reflejos fantásticos.
El capitán fumaba indolentemente su cigarrillo de papel, mirando con expresión burlona, al fraile en cuyo rostro sostenían el miedo y el descaro una lucha cuyas peripecias todas era fácil seguir. Los dos cazadores, con las manos cruzadas sobre el extremo del cañón de sus largos rifles, se sonreían con sorna y parecía que gozaban interiormente con el embarazo y confusión del hombre a quien acababan de poner en escena de una manera tan brusca y brutal.