—En las circunstancias en que nos encontramos, creo que esa suposición no sería muy inverosímil.
—¡Bah! En un país como éste y con una escolta como la que V. lleva bajo sus órdenes, sería cosa extraordinaria; además, según he oído decir, esos dos hombres se han dejado coger sin la menor resistencia, cuando les habría sido tan fácil escaparse.
—Es verdad.
—Por lo tanto es evidente que ninguna mala intención abrigaban. Si yo me hallase en lugar de V., les dejaría que se marchasen a donde mejor les pareciese.
—¿Es esa la opinión de V.?
—Sí por cierto.
—Mucho parece que se interesa V. por esos dos desconocidos.
—Nada de eso: digo a V. lo que me parece justo, y nada más. Ahora obre V. como se le antoje, que yo me lavo las manos.
—Quizás tenga V. razón. Sin embargo, no pondré en libertad a estos dos individuos, hasta tanto que me hayan dicho el nombre de la persona a quien aguardaban.
—¿Aguardaban a alguien acaso?