—¿Quién sabe? Acaso acechábamos una caza más preciosa de lo que V. imagina y de la que querría V. tener su parte.

El fraile hizo un movimiento leve y abrió los ojos como si despertase en aquel momento.

—Calle, dijo dirigiéndose al capitán y conteniendo un bostezo, ¿no duerme V., Señor Don Juan?

—Todavía no, respondió este; estoy interrogando a los dos hombres de que se apoderó mi vanguardia hace algunas horas.

—¡Ah! dijo el fraile dirigiendo a los desconocidos una mirada desdeñosa, me parece que esos pobres diablos no son muy temibles.

—¿De veras?

—No sé; pero ¿qué puede V. recelar de esos dos hombres?

—¡Eh! Quizás sean espías.

Fray Antonio se revistió de un aire paternal y replicó:

—¡Espías! ¿Teme V. acaso una emboscada?