Libres ya, al parecer, de la preocupación que les atormentaba, fueron a donde estaban sus caballos, se tendieron indolentemente en el suelo, y buscando en sus alforjas sacaron de ellas todo lo necesario para un modesto almuerzo que comieron con el apetito terrible propio de hombres que habían pasado toda la noche cabalgando a escape tendido por montes y valles.
Desde su partida del campamento mejicano, no había mediado una sola palabra entre ambos cazadores, quienes parecía que obraban bajo la influencia de una preocupación profunda que hacía inútil toda conversación.
Por lo demás, es una cosa notable la mudez de los hombres acostumbrados a la vida del desierto: pasan días enteros sin pronunciar una palabra; no hablan sino cuando la necesidad les obliga a ello, y la mayor parte de las veces sustituyen las palabras con la mímica, que tiene sobre aquellas la incontestable ventaja de no denunciar la presencia de los que de ella se sirven a los oídos de los enemigos invisibles que están de continuo en acecho y dispuestos a precipitarse como aves de rapiña sobre los imprudentes que se dejan sorprender.
Cuando el primer apetito de los cazadores se hubo aplacado algún tanto, aquel a quien el fraile había llamado John encendió su corta pipa, la colocó en un ángulo de su boca, y pasando a su compañero la bolsa del tabaco, le dijo a media voz, como si hubiese temido que le oyesen:
—¿Qué tal, Sam? ¿Me parece que hemos salido bien, eh?
—En efecto, tal creo, John, respondió Sam inclinando afirmativamente la cabeza. Es V. astuto como un diablo, amigo mío.
—¡Bah! dijo el otro con desdén, no hay mucho mérito en engañar a esos brutos de mejicanos; son muy bestias.
—De todos modos el capitán ha caído en la red con una gracia particular.
—¡Eh! No era al capitán a quien yo temía, porque hace mucho tiempo que he sabido congraciarme con él, sino a aquel fraile maldito.
—Si no llegamos tan a tiempo, es muy probable que nos hubiese birlado el negocio; ¿no es verdad, John?