Hacía ya mucho tiempo, que pesaban graves sospechas sobre el fraile; su conducta ambigua había producido inquietud y dado margen a sospechas nada favorables para su honradez.

D. Juan; se había, propuesto aclarar sus dudas en la primera ocasión que se le presentase. Ya hemos dicho de qué modo lo logró haciendo una contra-mina, es decir haciendo espiar al espía por otros más diestros que él, y colándole casi in fraganti.

Sin embargo, debemos hacer al digno fraile la justicia de decir que para nada entraba la política en su modo de proceder; no, sus pensamientos no se elevaban a tanta altura: sabiendo que el capitán se hallaba encargado, de escoltar una conducta de plata, solo procuró hacerla caer en un lazo para tener una parte en sus despojos y hacer su fortuna de un solo golpe, con el fin, de procurarse los goces de que hasta entonces había estado privado sus pensamientos, no habían ido más lejos; el buen hombre era simplemente un ladrón en despoblado, pero nada tenía de personaje político.

Le abandonaremos, por ahora, para seguir a los dos cazadores a quienes debía el rudo castigo que recibió y que abandonaron el campamento tan luego como hubo terminado la ejecución.

Estos dos hombres se habían alejado con presuroso paso, y, después de bajar silenciosamente de la colina, se internaron en un poblado bosque en donde les aguardaban, comiendo con la mayor tranquilidad su pienso, dos magníficos caballos de las praderas, mustangs medio salvajes, de ojo vivo y remos finos y fuertes; estaban ensillados y dispuestos para ser montados.

Después de haberles quitado las trabas con que estaban maneados, los cazadores les pusieron los frenos, montaron, y clavándoles las espuelas, partieron a rienda suelta.

Así corrieron durante mucho tiempo, tendidos sobre el cuello de sus caballos, sin seguir ningún camino trazado, pero siempre en línea recta, sin cuidarse de los obstáculos que encontraban al paso y que trasponían con inaudita destreza; por último, una hora antes de salir el sol se detuvieron.

Habían llegado a la entrada de una garganta, flanqueada en ambos lados por elevadas colinas, primeros estribos de las montañas cuyas fragosas cumbres parecía que dominaban perpendicularmente la campiña.

Los cazadores echaron pie a tierra antes de internarse en la garganta, y después de haber maneado sus caballos ocultándolos en unos carrascales, comenzaron a explorar los alrededores con la sagacidad y cuidado de los guerreros indios cuando buscan un rastro en el sendero de la guerra.

Sus pesquisas fueron por mucho tiempo infructuosas, lo cual era fácil conocer por las exclamaciones de disgusto que algunas veces proferían en voz baja; por último, al cabo de más de dos horas, merced a los primeros rayos del sol que, al salir, había disipado súbitamente las tinieblas, vieron ciertas huellas casi imperceptibles que les hicieron estremecerse de júbilo.