Los colonos, diestros tiradores, emboscados detrás de enormes trincheras, tiraban como al blanco y cortaban a balazos las manos de los artilleros mejicanos cada vez que se disponían a cargar sus piezas. A tal extremo llegaron las cosas, que el comandante Ugartechea, viendo caer mutilados a sus soldados más valientes, se sacrificó y él mismo puso manos a la obra. Los de Tejas, que cien veces hubieran podido dar muerte al valeroso comandante, sorprendidos al ver tan heroico valor, cesaron el fuego, y Ugartechea se rindió por fin, renunciando a una defensa que era ya imposible.
Este triunfo llenó de júbilo a los colonos; pero Santa Anna no se dejó engañar por el objeto de la insurrección de Tejas; comprendió que el federalismo encubría un movimiento revolucionario muy pronunciado; y lejos de fiarse de las apariencias de adhesión de los colonos, en cuanto su poder se hubo consolidado lo suficiente para permitirle obrar con energía contra ellos, despachó a toda prisa al coronel Mejía con cuatrocientos hombres para que restableciese en Tejas la autoridad mejicana ya muy debilitada.
Después de muchas vacilaciones y manejos diplomáticos, sin resultado posible entre gentes cuya arma principal por ambas partes era la perfidia, estalló por fin la guerra con furor; se organizó en San Felipe una comisión permanente de seguridad pública, y se llamó al pueblo a tomar parte en la lucha.
Sin embargo, la guerra civil no había estallado todavía oficialmente, cuando al fin apareció el hombre que debía decidir la suerte de Tejas y a quien estaba reservada la gloria de hacerle ser libre: nos referimos a Samuel Houston.
Desde aquel momento la insurrección tímida y circunscrita de Tejas se convertía en una revolución. Sin embargo, en la apariencia el gobierno mejicano seguía siendo dueño legítimo del país, y a los colonos naturalmente se les denominaba insurgentes y se les trataba como tales cuando caían en manos de sus enemigos, lo cual equivale a decir, que sin ninguna forma de proceso se les ahorcaba, ahogaba o fusilaba, según el sitio en que eran cogidos se prestaba a uno de estos tres géneros de muerte.
En el día en que comienza nuestra historia habían llegado a su colmo la exasperación contra los mejicanos y el entusiasmo por la noble causa de la independencia.
Unas tres semanas antes había tenido efecto un encuentro formal entre la guarnición de Bejar y un destacamento de voluntarios de Tejas mandado por Austin, que era uno de los jefes más afamados de los insurgentes; los colonos, no obstante su ignorancia de la táctica militar y su inferioridad numérica, se batieron con tanto valor y manejaron tan bien su único cañón, que las tropas mejicanas, después de haber sufrido pérdidas muy graves, se vieron obligadas a retirarse precipitadamente sobre Bejar.
Este encuentro fue el primero que verificó en el oeste de Tejas después de la toma del fuerte de Velasco, y decidió el movimiento revolucionario, el cual se comunicó con la rapidez con que se incendia un rastro de pólvora.
Entonces en todas partes alzaron tropas las ciudades para unirse al ejército libertador, la resistencia se organizó en grande escala, y algunos jefes de partida audaces comenzaron a recorrer el territorio en todas direcciones, haciendo la guerra por su cuenta y sirviendo a su manera la causa que abrazaban y que suponían defender.
El capitán D. Juan Melendez, rodeado por todas partes de enemigos tanto más temibles cuanto que le era imposible conocer su número y adivinar sus movimientos, encargado de una misión en extremo delicada, teniendo a cada paso el presentimiento de una traición que le amenazaba sin cesar, sin saber donde, como, ni cuando caería sobre él, tenía que emplear precauciones extremas y una severidad implacable si quería conducir a buen puerto la carga preciosa que le estaba confiada; por eso no vaciló ante la necesidad de imponer un castigo ejemplar a fray Antonio.