Los cazadores se levantaron con viveza; cogieron sus armas, y se escondieron detrás de una roca con el fin de hallarse dispuestos para cualquier evento.

Oíase el galope rápido de un caballo que se acercaba por momentos; muy luego desembocó de la garganta un jinete, hizo saltar a su caballo hacia adelante, y se detuvo tranquilo y altivo a dos pasos de distancia de los cazadores.

Estos se lanzaron fuera de su escondite y se adelantaron hacia él con el brazo derecho extendido y la mano abierta en señal de paz.

El jinete, que era un guerrero indio, correspondió a estas demostraciones pacíficas haciendo flotar su manto de piel de bisonte; en seguida echó pie a tierra, y sin más ceremonia fue a estrechar amistosamente las manos que le tendían los cazadores.

—Bienvenido, jefe, dijo John; le aguardábamos a V. con impaciencia.

—Miren mis hermanos al sol, respondió el indio; el Zorro-Azul es puntual.

—Es verdad, jefe, nada hay que decir: tiene usted una exactitud notable.

—El tiempo a nadie aguarda; los guerreros no son mujeres: el Zorro-Azul quisiera celebrar consejo con sus hermanos pálidos.

—Corriente, repuso John, la observación de V. es justa, jefe; deliberemos. Anhelo ya entenderme definitivamente con V.

El indio saludó gravemente a su interlocutor, se sentó en el suelo, encendió su pipa y comenzó a fumar con recogimiento; los cazadores se colocaron a su lado, y como él permanecieron silenciosos todo el tiempo que duró el tabaco contenido en sus pipas.