Al fin el jefe sacudió la ceniza de la suya en la uña del dedo pulgar y se dispuso a hablar.

En el mismo instante se oyó una detonación, y una bala llegó silbando a cortar una rama casi encima de la cabeza del jefe.

Los tres hombres se levantaron de un salto, y cogiendo sus armas se dispusieron a rechazar valerosamente a los enemigos que tan de improviso les atacaban.


[XVII.]

TRANQUILO.


Entre la hacienda del Mezquite y la venta del Potrero, próximamente a mitad de camino entre aquellos dos puntos, es decir, a unas cuarenta millas de uno y otro, en la noche del día en que comienza nuestra historia, había dos hombres sentados a la orilla de un riachuelo ignorado, y conversaban cenando un poco de carne tostada y manzanas cocidas.

Aquellos dos hombres eran Tranquilo el canadiense y su amigo Quoniam el negro.

A unos cincuenta pasos de ellos, en unos matorrales espesos, se veía un potrillo de dos meses atado al pie de un catalpa gigantesco.