El pobre animal, después de haber hecho vanos esfuerzos para romper las ligaduras que le sujetaban, concluyó por reconocer la inutilidad de sus tentativas y se tendió tristemente en el suelo.
Los dos hombres a quienes dejamos jóvenes al fin de nuestro prólogo, a la sazón habían llegado ya a la segunda mitad de su vida. Aunque la edad había hecho poca impresión sobre sus cuerpos de hierro, sin embargo algunas canas comenzaban a platear la cabellera del cazador, y algunas arrugas precoces surcaban en varios puntos su rostro tostado por la intemperie de las estaciones.
Sin embargo, fuera de estas leves señales que sirven como de sello a la edad madura, nada denotaba en el canadiense la más mínima decadencia; por el contrario, sus ojos seguían siendo vivos, su cuerpo estaba derecho y sus miembros se mantenían tan musculosos como antes.
En cuanto al negro, nada, al parecer, había variado en su persona; no había enrojecido lo más mínimo; solo que estaba bastante grueso y ya no estaba esbelto, aunque nada había perdido de su sin igual agilidad.
El sitio en que se hallaban acampados los dos cazadores, de seguro era uno de los más pintorescos de la pradera.
El viento de la noche había despejado el cielo cuya bóveda de un azul oscuro aparecía entonces tachonada por innumerables estrellas en cuyo centro aparecía la Cruz del Sur: la luna derramaba sus rayos blanquecinos que prestaban a los objetos una apariencia fantástica; la noche tenía esa transparencia suave peculiar de los resplandores crepusculares; a cada ráfaga de la brisa, los árboles sacudían sus húmedas copas y hacían llover perlas que esmaltaban los arbustos.
El río corría tranquilo entre sus fragosas orillas, extendiéndose a lo lejos como una ancha cinta de plata y reflejando en su serena superficie los rayos temblorosos de la luna, que había llegado casi a los dos tercios de su carrera.
Tal era el silencio que reinaba en aquel desierto que en él se oía la caída de una hoja seca o el estremecimiento de la rama agitada por el paso de un reptil.
Los dos cazadores hablaban en voz baja; pero, ¡cosa singular en hombres tan acostumbrados a la vida de los bosques! Su campamento nocturno, en vez de estar establecido en la cumbre de una altura, según las reglas invariables de la pradera, se hallaba, por el contrario, situado en el borde de un talud que bajaba por una pendiente suave hasta el río y en cuyo barro se veían impresas numerosas huellas más que sospechosas, pues en su mayor parte eran de grandes fieras carnívoras.
A pesar del frío bastante penetrante de la noche y del abundante y helado rocío, los cazadores no habían encendido lumbre; sin embargo, era evidente que les hubiera agradado mucho calentarse a la llama ardiente de una hoguera; el negro, sobre todo, que estaba vestido muy ligeramente con un calzón que dejaba sus piernas descubiertas y con un pedazo de zarapé lleno de agujeros, tiritaba dando diente con diente.