Tranquilo, que estaba mejor abrigado con el traje de los campesinos mejicanos, parecía que no reparaba en el frío; con su rifle entre las piernas, sondeando de vez en cuando las tinieblas con su mirada infalible, o prestando atento oído a algún ruido que solo a él le era dado percibir, hablaba con el negro sin dignarse parar mientes en sus muecas ni en sus tiritones.
—¿Con que hoy no ha visto V. a la niña, Quoniam? dijo.
—No, hace ya dos días que no la veo, respondió el negro.
El canadiense suspiró y repuso:
—Yo debía de haber ido allá. Esa niña está muy aislada en la venta, sobre todo ahora que la guerra ha desencadenado hacia aquella parte a todas las gentes de mal vivir y a todos los merodeadores de las fronteras.
—¡Bah! Carmela no es tonta y no se verá apurada para defenderse si la insultan.
—¡Voto a bríos! exclamó el canadiense oprimiendo con ambas manos su carabina, si alguno de esos malvados se atreviese con ella...
—No se atormente V. de esa manera, Tranquilo; ya sabe V. que si alguien se atreviese a insultarle, la niña querida no carecería de defensores. Además, Lanzi no se separa de ella un solo instante, y ya sabe V. que es fiel.
—Sí, murmuró el cazador, pero al fin Lanzi no es más que un hombre.
—Es V. atroz con las ideas que se le meten en la cabeza sin razón.