—¡Quiero mucho a esa niña, Quoniam!

—¡Pardiez! ¡Vaya una cosa! Yo también la quiero. Mire V., si V. quiere, en cuanto matemos al jaguar iremos al Potrero: ¿le conviene?

—Está muy lejos de aquí.

—¡Bah! Tres horas de marcha todo lo más. Diga V., Tranquilo, ¿sabe V. que hace mucho frío y que materialmente me estoy helando? ¡Maldito animal! ¿Qué estará haciendo ahora? De seguro anda rondando por ahí en vez de venirse aquí en derechura.

—Para que le maten, ¿verdad? dijo Tranquilo sonriendo. ¿Quién sabe? Acaso sospeche lo que le estamos preparando.

—Es muy posible: ¡esos diablos de animales son tan astutos! Mire V., ya se estremece el potro: de seguro ha olfateado algo.

El canadiense volvió un poco la cabeza y dijo:

—No, todavía no.

—¡Pues ya tenemos para toda la noche! murmuró el negro haciendo un gesto de mal humor.

—¡Qué siempre ha de ser V. el mismo, Quoniam! ¡Impaciente y testarudo! Por más que le digo, se ha de obstinar siempre en no entender: ¿cuántas veces le he repetido que el jaguar es uno de los animales más astutos que existen? Aunque nos hayamos colocado en dirección contraria al viento, para mí es evidente que nos ha olfateado. Anda rondando cautelosamente en torno nuestro, temiendo acercarse demasiado a nuestro puesto; como V. dice, anda de un lado para otro sin objeto aparente.