Mientras se estaba haciendo la cura, el herido volvió en sí y abrió los ojos, pero permaneció silencioso: su furor se había calmado; su carácter brutal se hallaba domado por la resistencia enérgica que el canadiense le opusiera. Como sucede siempre cuando la primera cura está bien hecha, al primitivo y violento dolor de la herida, había sucedido un bienestar indefinible; por eso John, agradeciendo, a pesar suyo, el alivio que experimentaba, sintió fundirse su odio y transformarse en un sentimiento que aún no acertaba a comprender, pero que a la sazón le hacía mirar a su adversario de un modo casi amistoso.

Para hacer a John Davis la justicia debida, diremos que no era mejor ni peor que ninguno de sus colegas que, como él, traficaban en carne humana: acostumbrado al dolor de los esclavos, a quienes no consideraba sino como seres privados de razón, como una mercancía en fin, su corazón se había embotado gradualmente hasta el extremo de no sentir las emociones dulces: en un negro no veía más que el dinero que había desembolsado y el que esperaba sacar vendiéndole; y como verdadero comerciante, tenía mucho apego a su dinero: un esclavo fugitivo le parecía un miserable ladrón contra el cual se podía emplear cualquier medio para obligarle a restituirse a poder de su dueño.

Sin embargo, aquel hombre no era inaccesible a todo buen sentimiento, y aún fuera de su comercio gozaba de cierta fama de bondadoso y pasaba por un sujeto muy decente.

—Vamos, ya está hecho, dijo el canadiense dirigiendo una mirada de satisfacción a las ligaduras; dentro de tres semanas ya no se conocerá nada, si V. se cuida bien, con tanto más motivo cuanto que, por una felicidad inaudita, la bala no ha tocado al hueso, y no ha hecho más que atravesar las carnes. Ahora, amigo mío, si quiere V. que hablemos, estoy dispuesto.

—Yo nada tengo que decir sino que se me devuelva el maldito negro que ha sido causa de todo el mal.

—¡Vaya! Si continuamos así, creo que no llegaremos a entendernos. Ya sabe V. que precisamente con motivo de la devolución del maldito negro, como V. le llama, es como se ha suscitado la contienda.

—Sin embargo, no puedo perder mi dinero.

—¿Cómo su dinero?

—O mi esclavo, si V. prefiere que se diga así, representa para mí una cantidad que no deseo perder en manera alguna, con tanto más motivo cuento que hace algún tiempo que los negocios andan muy mal, y he experimentado pérdidas considerables.

—Es muy sensible, le compadezco a V. sinceramente; sin embargo, yo tendría empeño en arreglar este negocio por buenas, según lo comencé, repuso el canadiense en tono bonachón.