—¡Está V. loco!
John Davis, no pudiendo soportar por más tiempo el estado de exasperación en que se hallaba, y debilitado además por la sangre que perdía, hizo un esfuerzo inútil para levantarse y precipitarse sobre su enemigo; pero cayó de espaldas y se desmayó murmurando una imprecación postrera.
Los criados se habían quedado aterrados, tanto por la destreza sin igual de aquel hombre singular, como por la audacia con que, después de haberlos desarmado, había atravesado el río para ir a entregarse en sus manos, por decirlo así; pues si ya no tenían escopetas, en cambio les quedaban sus pistolas y sus cuchillos de monte.
—¡Eh! Señores, dijo el canadiense frunciendo el entrecejo, ¡háganme el favor de tirar el cebo de sus pistolas, pues, de lo contrario, vive Dios que vamos a vernos las caras!
Los criados no tenían el más mínimo deseo de empeñar una lucha con él; además, la simpatía que experimentaban hacia su amo no era muy grande, mientras que, por el contrario, el canadiense, merced a la manera expeditiva en que había obrado, les inspiraba un verdadero terror supersticioso; obedecieron, pues, a su orden con una especie de apresuramiento, y aún quisieron entregarle sus cuchillos de monte.
—No es necesario, dijo el cazador. Ahora ocupémonos en cuidar a este buen hombre. Sería lástima privar a la sociedad de un personaje tan digno de estimación y que constituye su más bello adorno.
En seguida puso manos a la obra ayudado por los criados, quienes ejecutaban sus órdenes con una rapidez y un celo extraordinarios, tanto era lo dominados que se sentían por aquel hombre.
Los cazadores de los bosques, obligados, por el género de vida que llevan, a pasarse sin ningún auxilio ajeno, poseen todos, en cierto grado, las nociones elementales de la medicina y sobre todo de la cirugía; y en un caso dado, pueden curar una fractura o una herida cualquiera como el primer doctor graduado en una facultad, y esto con medios muy sencillos, y empleados generalmente con muy buen éxito por los indios.
El cazador, con la destreza y la habilidad con que verificó la primera cura del herido, probó que, si sabía hacer daño, también sabía remediarlo perfectamente.
Los criados contemplaban con creciente admiración a aquel hombre extraordinario que parecía haberse trasformado de improviso y procedía con un aplomo, un golpe de vista y una mano tan ligera, que muchos médicos le hubieran envidiado.