La bala del cazador le había roto un brazo.
—Espéreme V., que allá voy, repuso el canadiense, siempre con su tono burlón.
Volvió a cargar su rifle, saltó a la piragua, y en breve espacio de tiempo estuvo al otro lado del río.
—¡Vamos! dijo desembarcando y acercándose al americano, que se retorcía como una culebra sobre la plataforma, aullando y blasfemando. Ya se lo había a V. advertido; yo solo, quería igualar las probabilidades, y no debe V. quejarse de lo que le sucede, amigo mío: suya es toda la culpa.
—¡Cogedle! ¡Matadle! gritaba el miserable poseído de indecible rabia.
—¡Vaya, vaya, tranquilicémonos! En último resultado no tiene V. más que un brazo roto; comprenda V. que me habría sido muy fácil matarle si hubiese querido. ¡Qué diablos! Es preciso tener las cosas en cuenta; no es V. razonable.
—¡Oh! ¡Yo te mataré! gritó John rechinando los dientes.
—No lo creo, al menos por ahora; más tarde no digo que no. Pero dejemos eso; voy a examinar la herida de V. y a curarla mientras charlamos.
—¡No me toques! ¡No te acerques! ¡O no sé lo que haré!
El canadiense se encogió de hombros y dijo: