De los cinco hombres, tres estaban ya desarmados.

—¡Maldición! gritó el mercader de esclavos; ¿Ha resuelto V. tomarnos a todos por blanco unos después de otros?

—No; solo quiero igualar las probabilidades.

—Pero.

—Ya está hecho.

La cuarta escopeta quedó hecha astillas, como las demás.

—Ahora, añadió el canadiense apareciendo, hablemos.

Y saliendo de su escondite, se adelantó hasta la orilla del río.

—¡Sí, hablemos, demonio! exclamó el americano.

Con un movimiento tan rápido como el pensamiento se apoderó del último rifle y se lo echó a la cara; pero antes de que hubiese podido soltar el tiro, rodó por la plataforma lanzando un grito de dolor.