Pero de nada servían las amenazas y las blasfemias; a no ser que atravesasen el río a nado, lo cual era impracticable en frente de un hombre tan resuelto como parecía serlo el cazador, no había medio hábil para vengarse de él, ni mucho menos para apoderarse del esclavo a quien tan decididamente había tomado bajo su protección.
Mientras el americano se devanaba los sesos inútilmente para encontrar un recurso que le procurase alguna ventaja, silbó una bala, y el rifle que tenía en la mano quedó hecho astillas.
—¡Perro maldito! exclamó rugiendo de cólera; ¿Quieres asesinarme?
—Tendría derecho para hacerlo, respondió el canadiense; me hallo en el caso de legítima defensa, puesto que también V. ha querido matarme; pero prefiero tratar por buenas, aunque estoy firmemente persuadido de que prestaría un gran servicio a la humanidad plantándole a V. un par de postas en el cráneo.
Y en el mismo instante una segunda bala fue a romper la escopeta de uno de los criados que se ocupaba en volverla a cargar.
—¡Ea! ¡Concluyamos! exclamó el americano exasperado. ¿Qué quiere V.?
—Ya lo he dicho; entrar pacíficamente en tratos con V.
—Pero ¿bajo qué condiciones? Dígamelas V. al menos.
—Dentro de un instante.
El rifle del segundo criado quedó roto de un balazo, como el primero.