—Lo que respondo, Señor John Davis, a V. que cara a los hombres con perros menos feroces que V., y que al obedecerle no hacen más que lo que su instinto les enseña, es esto: que es V. un miserable, y que si no cuenta sino conmigo para restituirle su esclavo, puede considerar a éste como perdido.

—¡Ah! ¿Esas tenemos? exclamó el americano rechinando los dientes con rabia.

En seguida, volviéndose hacia sus criados, gritó:

—¡Fuego sobre él! ¡Fuego! ¡Fuego!

Y uniendo el ejemplo al precepto, se echó el rifle a la cara con viveza, y disparó. Sus criados le imitaron: resonaron cuatro tiros, y se confundieron en una sola explosión que los ecos de la selva repitieron en un tono lúgubre.


[II.]

QUONIAM.

El canadiense no perdía de vista un solo movimiento de sus adversarios mientras les estaba hablando; por eso, cuando estalló la descarga mandada por John Davis, quedó ésta sin efecto; el joven se había ocultado con rapidez detrás de un árbol, y las balas silbaron inofensivas junto a sus oídos.

El mercader de esclavos estaba furioso por verse burlado así por el cazador; profería contra él las amenazas más horribles, blasfemaba y pateaba con rabia.