—Eso es muy poco, dijo el canadiense haciendo una mueca desdeñosa

—¿Le parece a V. así?

—Sí por cierto.

—Y sin embargo, para hacerle a V. ganar ese dinero, solo le pido una cosa muy fácil.

—¿Cuál es?

—Atar a ese negro, meterle en la piragua y traérmele.

—Muy bien; en efecto, no es difícil. Y cuando esté en poder de V., suponiendo que yo consienta en devolvérsele, ¿qué piensa V. hacer con este pobre diablo?

—Eso no es cuenta de V.

—Es verdad; por eso no lo preguntaba sino como un simple dato.

—Vamos, decídase V., que no puedo perder tiempo en malgastar palabras. ¿Qué me responde V.?