—¿Qué se ha hecho mi esclavo?
—¿De quién habla V.? ¿Del hombre que hace un momento se tiró al agua desde la plataforma en la cual se halla V. ahora?
—Sí; ¿dónde está?
—Aquí, a mi lado.
En efecto, el negro, apurados su ánimo y su fuerza después de la lucha desesperada que había sostenido durante la encarnizada persecución de que fue objeto, se había arrastrado hasta el sitio en que estaba el canadiense, y se había tendido a sus pies casi desmayado.
Al oír al cazador denunciar tan categóricamente su presencia, juntó las manos con esfuerzo, y alzando hacia él su rostro inundado en llanto, exclamó con indescriptible expresión de angustia:
—¡Oh! ¡Mi amo! ¡Sálveme V., por compasión!
—¡Hola! gritó John Davis en tono irónico; creo que podremos entendernos, mocito, y que no le desagradará a V. ganar la gratificación.
—En verdad, no me desagradaría saber en cuánto se tasa la carne humana en vuestro país de tan decantada libertad. ¿Es muy crecida esa recompensa?
—Veinte duros por un negro fugitivo.