—¡Porque yo se lo mando, bergante! dijo el otro brutalmente.

El cazador se encogió de hombros desdeñosamente.

—¡Buenas tardes! dijo, e hizo un movimiento para alejarse.

—Estese V. ahí, ¡vive Dios! gritó el americano, o si no, tan cierto como me llamo John Davis, le planto a V. una bala en la cabeza.

Y al proferir esta amenaza se echó la escopeta a la cara.

—¡Ja! ¡Ja! dijo el canadiense riéndose; ¿Es V. John Davis, el famoso cazador de esclavos?

—Sí, yo soy: ¿y qué? dijo John con tono brusco.

—Perdone V., aún no le conocía más que de oídas; ¡pardiez! Celebro en el alma haberle visto.

—Pues bien; ahora que ya me conoce V., ¿se halla dispuesto a responder a mis preguntas?

—Falta saber de qué género serán: ¡veamos!