Los perros lanzaron algunos aullidos lastimeros, y en seguida se callaron.

Entonces el individuo que les había reñido gritó con voz aún más fuerte:

—¡Eh! ¡Él de la piragua! ¡Ohé!

El canadiense atracaba en aquel momento su embarcación a la otra orilla; varó la piragua en la arena y se volvió con indolente indiferencia hacia su interlocutor.

Éste era un hombre de mediana estatura, rechoncho, y vestía el traje que suelen usar los labradores acomodados; su fisonomía era brutal y repugnante; cuatro hombres, que parecían ser criados suyos, se mantenían cerca de él: inútil será decir que cada uno de estos cinco individuos se hallaba armado con una escopeta.

En aquel sitio el río era bastante ancho; tenía próximamente cuarenta metros de orilla a orilla, lo cual establecía, al menos provisionalmente, una barrera bastante respetable entre el negro y sus perseguidores.

El canadiense se apoyó en el tronco de un árbol y replicó en tono bastante despreciativo:

—¿Es a mí a quién se dirige V., por casualidad?

—¡Pues a quién ha de ser, vive Dios! respondió encolerizado el primer interlocutor. Vamos, procure V. responder categóricamente a mis preguntas.

—¿Y por qué he de responder a esas preguntas, si V. gusta? repuso el canadiense riendo.