Tan luego como el cazador hubo pescado su caza, retiró sus remos y se puso a cargar su rifle con ese esmero que consagran a tal operación los que saben que su vida puede depender de una carga de pólvora.

Cuando su arma se halló de nuevo en buen estado, el canadiense dirigió en torno suyo una mirada exploradora.

—¡Eh! dijo al cabo de un instante hablando consigo mismo, hábito que contraen por lo general los individuos cuya existencia es solitaria, Dios me perdone, pero creo que, sin sospecharlo, he llegado al sitio de la cita. No, no me engaño; allí a la derecha están los dos sauces derribados y que han caído en cruz uno sobre otro, cerca de aquella roca que avanza sobre el agua; pero ¡qué es eso! exclamó bajándose y montando su rifle.

De pronto habían resonado en el bosque los ladridos furiosos de varios perros; los matorrales se apartaron con violencia, y un negro apareció súbitamente en la cumbre de la roca en que se fijaban en aquel momento los ojos del canadiense.

Aquel hombre, cuando hubo llegado al extremo de la roca, se paró un instante, pareció como que prestaba atento oído, dando muestras de la más profunda agitación; pero aquella detención fue muy corta, pues apenas hubo permanecido así algunos segundos cuando, alzando los ojos hacia el cielo en ademan de desesperación, se precipitó al río y nadó vigorosamente hacia la opuesta orilla.

Apenas se hubo apagado el ruido de la caída del negro al agua, cuando varios perros llegaron corriendo a la plataforma y comenzaron un concierto de ladridos espantosos.

Aquellos perros eran muy corpulentos, tenían la lengua colgando, los ojos inyectados en sangre y el pelo erizado, como si acabasen de dar una carrera larga.

El cazador movió varias veces la cabeza de uno a otro lado, fijando una mirada de compasión en el desventurado negro, que nadaba con esa energía de la desesperación que centuplica las fuerzas, y cogiendo los remos, dirigió su piragua hacia él con el objeto evidente de prestarle auxilio.

Apenas había comenzado a hacer esta maniobra, cuando se alzó en la orilla una voz ronca que gritaba:

—¡Eh! ¡Eh! ¡Silencio, demonios! ¡Silencio, vive Dios!