Su morral, de cuero curtido, le colgaba del hombro izquierdo en forma de bandolera, y, como sucede a todos los audaces cazadores de las selvas vírgenes, sus armas consistían en un buen rifle, un cuchillo de monte de hoja recta de diez pulgadas de longitud y dos de anchura, y una hacha de hierro que brillaba como un espejo. Estas armas, exceptuando naturalmente el rifle, estaban colgadas de su cinturón, el cual sostenía además dos cuernos de bisonte llenos de pólvora y de balas.

Equipado de este modo, navegando en aquella piragua rodeada por un paisaje imponente, el aspecto de aquel hombre tenía algo de grandioso, que imponía e inspiraba un respeto involuntario.

El cazador de los bosques, propiamente dicho, es uno de esos numerosos tipos del Nuevo Mundo que no tardarán en desaparecer por completo ante los progresos incesantes de la civilización.

Los cazadores de los bosques, esos atrevidos exploradores de los desiertos, en los cuales trascurría su existencia entera, eran unos hombres que, impulsados por un espíritu de independencia y un deseo desenfrenado de libertad, sacudían, para no volver a someterse nunca a ellos, los pesados vínculos con que la sociedad sujeta a sus miembros, y que, sin más objeto que el de vivir y morir sin verse avasallados por ninguna otra voluntad que no sea la suya, nunca impulsados por la esperanza de ningún lucro, cosa que despreciaban por completo, abandonaban las ciudades y se internaban resueltamente en las selvas vírgenes; vivían al día, indiferentes respecto de lo presente, sin cuidarse de lo porvenir, convencidos de que nunca les faltaría Dios en un momento de necesidad, y colocándose así fuera de la ley común, que desconocían, en el último límite que separa a la barbarie de la civilización.

La mayor parte de los cazadores más afamados que vivían en los bosques fueron canadienses. En efecto, en el carácter normando hay algo de osado y aventurero, que es muy a propósito para ese género de vida lleno de peripecias singulares y de sensaciones deliciosas cuyo encanto embriagador solo pueden comprender aquellos que lo han disfrutado.

Los canadienses nunca han admitido como principio el cambio de nacionalidad que los ingleses han intentado imponerles; se han considerado siempre a sí mismos como franceses; sus ojos han quedado constantemente fijos en esa ingrata madre patria que con tan cruel indiferencia los abandonó.

Aún hoy en día, al cabo de tantos años, los canadienses continúan siendo franceses; su fusión con la raza anglo-sajona solo es aparente, y bastaría el pretexto más leve para producir un rompimiento definitivo entre los ingleses y ellos.

El gobierno inglés lo sabe muy bien; y por eso emplea para con sus colonias del Canadá una mansedumbre que se guarda muy bien de emplear para con sus demás posesiones.

En los primeros tiempos de la conquista, esa repulsión (no nos atrevemos: a decir odio), era tan pronunciada entre las dos razas, que los canadienses emigraron en masa por no sufrir el yugo humillante que se les quería imponer. Los que siendo demasiado pobres para abandonar definitivamente su patria, se vieron obligados a continuar habitando en aquella tierra envilecida ya por la ocupación extranjera, escogieron la ruda profesión de cazadores de los bosques, y prefirieron adoptar esa existencia de miserias y de peligros, a sufrir la vergüenza de someterse a la ley de un vencedor aborrecido. Sacudiendo el polvo de sus zapatos en los umbrales del paterno techo, se echaron la escopeta al hombro, y ahogando un suspiro de pesadumbre, se alejaron para no volver, internándose resueltamente en las selvas impenetrables del Canadá, comenzando, sin saberlo, esa generación de intrépidos exploradores de los que en el principio de nuestro relato hemos puesto en escena a uno de los más hermosos y por desgracia últimos tipos.

El cazador continuaba remando vigorosamente; muy luego alcanzó el primer flamante, que echó en el fondo de su piragua; pero el segundo le dio más que hacer: durante algún tiempo hubo una lucha de rapidez entre el pájaro herido y el cazador; sin embargo, el primero fue perdiendo gradualmente sus fuerzas, sus movimientos se tornaron vacilantes, agitó el agua de una manera convulsiva, un golpe de plano que le dio el canadiense con un remo puso término a su agonía, y fue a reunirse con su compañero en el fondo de la piragua.