El calor había sido sofocante bajo la enramada; pero en aquel momento los rayos del sol, cada vez más oblicuos, alargaban la sombra de los árboles, y la brisa de la tarde, que acababa de levantarse, refrescaba la atmósfera y se llevaba a lo lejos las nubes de mosquitos que durante toda la mañana habían estado zumbando y revoloteando encima de los pantanos.

Era en las orillas de un afluente perdido del Arkansas: los árboles de ambos lados, inclinados suavemente, formaban una espesa bóveda verde sobre sus aguas apenas rizadas por el soplo inconstante de la brisa: en algunas partes, flamantes de color de rosa, garzas blancas plantadas sobre sus largas patas, pescaban su comida con esa mansedumbre indolente que por lo general caracteriza a la raza de los grandes zancudos; pero de improviso se pararon, tendieron el cuello hacia adelante, como para escuchar algún ruido desusado, y echando a correr repentinamente para olfatear en dirección del viento, emprendieron el vuelo lanzando gritos de terror.

De pronto resonó un tiro, repetido por los ecos del bosque, y cayeron dos flamantes.

En el mismo instante una piragua ligera dobló con rapidez un cabo pequeño formado por manglares que se avanzaban sobre el lecho del río, y comenzó a perseguir a los dos flamantes que habían caído al agua: uno de ellos había quedado muerto en el acto, y era arrastrado por la corriente; pero el otro, levemente herido al parecer, huía con extremada rapidez y nadaba con vigor.

La embarcación de que hemos hablado era una piragua india construida con corteza de abedul arrancada del tronco por medio de agua caliente.

En la piragua no había más que un solo hombre; su rifle, colocado en la proa, y que todavía echaba humo, probaba que él era quien había disparado el tiro.

Haremos el retrato de este personaje, que está llamado a representar un papel importante en nuestra narración.

Según podía juzgarse en aquel momento por razón de su postura en la piragua, era un hombre de estatura elevada; su cabeza, algo pequeña, se hallaba unida por un cuello robusto a unos hombros de una anchura poco común; músculos duros como cuerdas se destacaban en sus brazos a cada movimiento que hacían; en resumen, todo el aspecto de aquel individuo denotaba un vigor llevado a su último límite.

Su rostro, animado por unos ojos grandes y azules, chispeantes de sagacidad, tenía una expresión de franqueza y de lealtad que agradaba desde el primer momento, y que completaba el conjunto de sus facciones regulares y de su ancha boca sobre la cual se deslizaba una eterna sonrisa de buen humor. Tendría, cuando más, de veintitrés a veinticuatro años, aunque su tez tostada por la intemperie de las estaciones y la poblada barba de un rubio claro que cubría la parte inferior de su cara, le hacían aparentar más edad.

Aquel hombre vestía el traje de cazador de las selvas; un gorro de piel de castor, cuya cola colgaba sobre sus espaldas, sujetaba con sumo trabajo los espesos rizos de su dorada cabellera, que caía en desorden sobre sus hombros; una blusa de caza, de percal azul, oprimida en las caderas por un cinturón de piel de gamo, le caía hasta cerca de sus nervudas rodillas; unos mitasses o especie de calzones ceñidos cubrían sus piernas, y sus pies estaban guarecidos de las espinas y de las picaduras de los reptiles por unos mocasines indios.