—Buen provecho le haga a V., respondió el mestizo en tono de burla.
Desgraciadamente, Lanzi, al decir estas palabras, había dirigido una mirada triunfante hacia la parte del corral; el jefe cogió esta mirada al vuelo, se precipitó hacia el corral, abrió la puerta y lanzó un grito de furor al ver la brecha practicada en el cercado: acababa de comprender la verdad.
—¡Perro! exclamó, y cogiendo del cinto su cuchillo de desollar, lo lanzó con rabia hacia su enemigo.
Pero el mestizo, que le vigilaba, esquivó el golpe, y el cuchillo fue a clavarse en la pared a pocas pulgadas de su cabeza.
Lanzi se enderezó, y saltando por encima del mostrador, se precipitó hacia el Zorro-Azul.
Los indios se levantaron tumultuosamente, y cogiendo sus armas saltaron como fieras en persecución del mestizo.
Este, cuando hubo llegado al umbral de la puerta del corral, se volvió, descargó sus pistolas en medio de la multitud, montó precipitadamente a caballo, y clavándole las espuelas en los ijares, le hizo trasponer el boquerón del cercado.
En el mismo instante se oyó detrás de él un estrépito terrible; tembló la tierra, y una masa confusa de piedras, vigas y escombros de todas clases fue a caer en derredor del jinete y de su caballo.
La venta del Potrero acababa de volarse, sepultando bajo sus ruinas a los Apaches que la habían invadido.
He ahí la mala pasada que Lanzi se había propuesto jugar a los indios.