Además, el mestizo tenía una razón perentoria para no guardar consideración alguna: a toda costa era preciso asegurar, fuera como quisiera, la salvación de Carmela; pues había hecho a Tranquilo el juramento solemne de defenderla aún con peligro de su propia existencia.
En el caso presente sabía que su vida o su muerte dependían tan solo del capricho de los indios, y por lo tanto no tenía que guardar consideración alguna.
Lanzi era un hombre frío, positivista y metódico, que nunca obraba sin haber reflexionado previamente y con madurez acerca de las eventualidades probables del buen o mal éxito. En aquella ocasión el mestizo nada aventuraba, pues sabía que de antemano estaba sentenciado por los indios: si su proyecto alcanzaba buen éxito, quizás conseguiría escaparse; si no, moriría, pero como un valiente habitante de las fronteras, arrastrando consigo a la tumba a un número considerable de sus implacables enemigos.
Una vez adoptada su resolución, la llevó a cabo con la sangre fría que hemos referido; merced a su presencia de ánimo, había tenido suficiente tiempo para saltar sobre su caballo y fugarse.
Sin embargo, aún no había concluido todo: el galope que el mestizo oía detrás de sí le causaba viva inquietud, probándole que su proyecto no le había salido tan bien como él esperaba, y que alguno de sus enemigos se había librado y lanzado en seguimiento suyo.
El mestizo aumentó la rapidez de su carrera, obligó a su caballo a dar infinitos rodeos y vueltas, con el fin de hacer que el enemigo que se encarnizaba en perseguirle perdiese su rastro; pero todo fue inútil, pues siempre oía detrás de sí el galope obstinado de su desconocido perseguidor.
Por muy valiente que sea un hombre, por grande que sea la energía de que se halle dotado, nada embota tanto su valor como el verse amenazado en medio de las tinieblas por un enemigo invisible, y por esto mismo inatacable: la oscuridad de la noche, el silencio que reina en el desierto, los árboles que, en una carrera desatentada, desfilan por derecha e izquierda cual una legión de fantasmas siniestros y amenazadores, todo se reúne para aumentar los terrores del desgraciado que huye poseído de un vértigo incalificable, sumido en una pesadilla tanto más horrible, cuanto que conoce el peligro y no sabe como conjurarle.
Lanzi, con el entrecejo fruncido, los labios temblorosos, la frente bañada en frío sudor, corrió así durante varias horas por medio del campo, inclinado sobre el cuello de su corcel, sin seguir ninguna dirección fija, perseguido siempre por el ruido del galope del caballo lanzado en pos de él.
¡Cosa singular! Desde que aquel galope se oyó por primera vez, no parecía haberse acercado mucho; pudiérase suponer que el desconocido jinete, satisfecho con seguir la pista de aquel a quien perseguía, no se cuidaba de alcanzarle.
Entre tanto la primera exaltación del mestizo se había calmado gradualmente, el aire frío de la noche había ordenado algún tanto sus ideas, recobraba su serenidad y con ella la lucidez necesaria para juzgar bien su posición.