Lanzi se avergonzó de aquel terror pueril, indigno de un hombre como él, que durante tanto tiempo y por interés de su seguridad personal le hacía olvidar el deber sagrado que se había impuesto de proteger y defender con riesgo de su vida a la hija de su amigo, o al menos a la que consideraba como tal.

Al ocurrírsele este pensamiento, que hirió a su mente cual un rayo, un rubor ardiente tiñó su rostro, surgió de sus ojos un relámpago, y detuvo bruscamente su caballo, resuelto a concluir de una vez y a toda costa con su perseguidor.

El caballo, detenido de pronto en su carrera, dobló sus temblorosas piernas lanzando un relincho de dolor, y permaneció inmóvil. En el mismo instante dejó de oírse también el galope del corcel invisible.

—¡Eh! ¡Eh! murmuró el mestizo, esto comienza a complicarse.

Y sacando de su cinto una pistola, la amartilló.

Inmediatamente oyó, cual un eco fúnebre, el ruido seco del muelle de una pistola que también montaba su adversario.

Sin embargo, este ruido, en vez de aumentar los recelos del mestizo, pareció que, por el contrario, los calmaba.

—¿Qué significa esto? dijo para sí, moviendo la cabeza con marcada preocupación; ¿me habré equivocado? ¿No es con un apache, según eso, con quien tengo que habérmelas?

Después de esta reflexión, durante la cual Lanzi había procurado en vano distinguir a su enemigo desconocido, gritó con voz fuerte.

—¡Eh! ¿Quién es V.?