—¿Y V.? respondió una voz varonil que salía de en medio de las tinieblas con un acento tan resuelto por lo menos como el del mestizo.

—¡He ahí una respuesta singular! repuso Lanzi.

—Ni más ni menos singular que la pregunta de V.

Estas palabras habían sido pronunciadas en el castellano más puro. El mestizo, seguro ya de que tenía que habérselas con un blanco, desterró todo temor, y desmontando su pistola, volvió a colocársela en el cinto, diciendo en tono de buen humor:

—Lo mismo que yo, caballero, debe V. tener necesidad de tomar resuello después de una carrera tan larga: ¿quiere V. que descansemos juntos?

—Con mucho gusto, respondió el otro.

—¡Calle! exclamó una voz que el mestizo conoció en seguida, es Lanzi.

—¡Sí por cierto! exclamó éste con júbilo, ¡voto a bríos! Doña Carmela, ¡no esperaba yo encontrar a V. aquí!

Nuestros tres personajes se reunieron. Las explicaciones fueron breves.

El miedo no calcula ni reflexiona. Carmela por un lado, Lanzi por otro, arrebatados por un vano terror, habían huido sin procurar enterarse del sentimiento que les impulsaba, excitados tan solo por el interés de la propia conservación, esa arma suprema dada por Dios al hombre para hacerle evitar el peligro en los casos extremos.