La única diferencia consistía en que el mestizo se juzgaba perseguido por los Apaches, mientras que Carmela creía tenerlos delante de sí.
Cuando la joven, cediendo a las instancias de Lanzi, salió de la venta, se precipitó ciega por el primer sendero que se presentó delante de ella.
Por fortuna suya, Dios había querido que, en el momento en que la venta se volaba con terrible estrépito, Carmela, medio muerta de terror y derribada del caballo, fuese hallada por un cazador blanco. Este, lleno de compasión al oír el relato de las desgracias que la amenazaban, se ofreció generoso a escoltarla hasta la hacienda del Mezquite, a donde la joven deseaba ir para colocarse bajo la protección inmediata de Tranquilo.
Carmela, después de haber examinado con la vista al cazador, cuya mirada franca y rostro simpático revelaban lealtad, aceptó su oferta con gratitud, temblando que las tinieblas la hiciesen caer en medio de las partidas de indios que sin duda infestaban los caminos, y a las cuales la habría entregado inevitablemente su ignorancia respecto de los sitios circunvecinos.
Así pues, la joven y su guía se pusieron en marcha al instante en dirección a la hacienda; pero, dominados por mil recelos, el galope del caballo del mestizo les hizo creer en la presencia de una partida enemiga delante de ellos. Por eso pusieron todo su cuidado en mantenerse a una distancia bastante grande para volver riendas y escaparse al más mínimo movimiento sospechoso de sus supuestos enemigos.
Esta explicación disipó toda inquietud entre los tres personajes; Carmela y Lanzi se juzgaban muy felices por haberse encontrado de una manera tan providencial.
Mientras el mestizo refería a su señorita la manera en que había concluido con los Apaches, el cazador, como hombre prudente, cogió de las riendas a los caballos y los condujo a unos matorrales espesos en donde los escondió con el mayor cuidado; en seguida volvió junto a sus nuevos amigos, quienes se habían sentado en el suelo para descansar un poco.
En el momento en que el cazador volvía, Lanzi estaba diciendo a la joven:
—¿Para qué se ha de cansar V. más esta noche, Señorita? Nuestro nuevo amigo y yo construiremos en un momento una choza para V., bajo la cual estará perfectamente resguardada; dormirá V. hasta la salida del sol, y entonces nos encaminaremos a la hacienda. Por ahora no tiene V. que temer ningún peligro, pues se halla protegida por dos hombres que no vacilarán en sacrificar su vida por V. si es preciso.
—Le doy a V. gracias, mi buen Lanzi, respondió la joven: su cariño y lealtad me son conocidos, y no vacilaría en confiarme a ellos si en este momento me hallase atormentada por el temor de los Apaches. Crea V. firmemente que la consideración de los peligros a que puedo hallarme expuesta por parte de esos paganos no entra para nada en mi determinación de ponerme en marcha lo más pronto posible.