—¿Pues qué otra consideración más importante puede obligarla a V, Señorita? dijo el mestizo con sorpresa.
—Amigo mío, ese es asunto entre mi padre y yo. Bástele a V. saber que es de absoluta precisión que yo le vea y hable con él esta misma noche.
—¡Corriente! Puesto que V. lo quiere, Señorita, consiento en ello, respondió el mestizo moviendo la cabeza. De todos modos confiese usted que es un capricho singular.
—No, mi buen Lanzi, repuso la joven con tristeza, no es un capricho: cuando conozca V. las razones que me obligan a obrar así, estoy convencida de que me dará la razón.
—Puede ser; pero entonces ¿por qué no me las dice V. al instante?
—Porque me es imposible.
—¡Silencio! exclamó el cazador interponiéndose bruscamente; toda discusión es ociosa en este momento: es preciso marchar cuanto antes.
—¿Qué quiere V. decir? exclamaron Carmela y Lanzi haciendo un movimiento de espanto.
—Que los Apaches han encontrado nuestro rastro y acuden con rapidez: antes de veinte minutos estarán aquí; esta vez no ha lugar a equivocarse, son ellos.
Hubo un momento de silencio.