Carmela y Lanzi prestaron atento oído.
—No oigo nada, dijo el mestizo al cabo de un instante.
—Ni yo tampoco, murmuró la joven.
El cazador se sonrió con dulzura y dijo:
—En efecto, nada deben VV. oír todavía, porque sus oídos no están tan acostumbrados como los míos a percibir los rumores más leves del desierto. Tengan VV. fe en mis palabras, fíen en una experiencia que nunca me ha fallado: nuestros enemigos se acercan.
—¿Qué hacemos? murmuró Carmela.
—Huir, exclamó el mestizo.
—Escuchen VV., repuso el cazador impasible, los Apaches son numerosos, son muy astutos, pero solo por medio de la astucia podemos vencerlos. Si intentamos resistirles, somos perdidos; si huimos los tres juntos, tarde o temprano caeremos en sus manos. Mientras yo me quedo aquí, V. huirá con la señorita. Únicamente cuide V. de forrar los pies de los caballos para ensordecer el ruido de sus pasos.
—Pero ¿y V.? exclamó la joven con viveza.
—¿No he dicho ya que me quedaré aquí?