—Sí, pero entonces caerá V. en sus manos y será V. asesinado inevitablemente.
—¡Puede ser! respondió el cazador con inexplicable expresión de melancolía; pero al menos mi muerte habrá servido para algo, puesto que habrá salvado a VV.
—Muy bien, caballero, dijo Lanzi, doy a V. gracias por su oferta. Desgraciadamente, ni puedo ni quiero aceptarla: las cosas no han de pasar así. Yo he sido quien ha comenzado el negocio, y pretendo terminarle yo solo a mi manera. Márchese V. con la señorita, entréguela en manos de su padre, y si no me ve V. volver y él le pregunta lo que ha pasado, diga V. sencillamente que he cumplido mi promesa dando mi vida por doña Carmela.
—¡Nunca consentiré en ello! exclamó enérgicamente la joven.
—¡Silencio! dijo el mestizo interrumpiéndola bruscamente, márchense, márchense, que no se puede perder un solo instante.
Y a pesar de la resistencia de la joven, la levantó en sus robustos brazos y se la llevó corriendo hacia los matorrales.
Carmela comprendió que nada podría alterar la resolución del mestizo y se resignó.
El cazador aceptó el sacrificio de Lanzi con la misma sencillez con que había ofrecido el suyo, pues la conducta del mestizo le parecía muy natural. Así pues, no opuso la más leve objeción y se ocupó con actividad en preparar los caballos.
—Ahora márchense VV., dijo el mestizo tan luego como el cazador y la joven estuvieron a caballo, márchense, ¡y sea lo que Dios quiera!
—¿Y V., amigo mío? dijo todavía Carmela.