—Yo, respondió el mestizo moviendo la cabeza con expresión indiferente, aún no he caído en poder de esos diablos rojos. ¡Vamos, en marcha!
Y en seguida, para cortar toda conversación, sacudió un zendo latigazo a los caballos. Los nobles animales arrancaron a galope, y muy luego desaparecieron de su vista.
El pobre hombre lanzó un suspiro tan luego como se hubo quedado solo.
—¡Ah! murmuró con tristeza, esta vez mucho me temo que todo haya concluido para mí. Pero no importa, ¡qué diablo! Lucharé hasta el fin, y si los indios me cogen, su trabajillo les ha de costar.
Después de haber adoptado esta determinación enérgica, que pareció le restituía todo su valor, el buen mestizo montó a caballo y se mantuvo dispuesto a obrar.
Los Apaches se acercaban con un ruido semejante al estampido de un trueno prolongado.
Ya se podían distinguir vagamente sus negras siluetas que se perfilaban en la sombra.
Lanzi cogió la brida con los dientes, agarró una pistola con cada mano, y cuando juzgó propicio el momento, clavó las espuelas en los ijares de su caballo y se lanzó a escape tendido al encuentro de los pieles rojas, cortándolos en diagonal.
Cuando hubo llegado cerca de ellos, descargó sus armas en medio del grupo, lanzó un grito de reto y continuó huyendo con creciente rapidez.
Entonces sucedió lo que el mestizo había previsto. Sus tiros habían sido certeros: dos Apaches cayeron con el pecho atravesado de parte a parte. Los indios, furiosos al ver aquel ataque audaz que estaban muy lejos de esperar por parte de un solo hombre, lanzaron un grito de coraje y se precipitaron en seguimiento suyo.