—Escucha. Carmela, tú misma, al referirnos, hace un momento, todo lo que ha pasado hoy en la venta, confesaste que habías querido venir a buscarme a donde quiera que me encontrase y en esta misma noche; ¿es verdad, sí o no?

—Sí, padre mío.

—Pues bien, heme aquí, ya escucho; además, si lo que tienes que decirme es tan importante como me das margen a suponerlo, creo que harás muy bien en darte prisa.

La joven se estremeció, dirigió una mirada al cielo cuyas sombras comenzaban a teñirse con fajas blanquecinas, y toda vacilación desapareció entonces de su semblante.

—Tiene V. razón, padre mío, dijo con voz firme. Tengo que hablar a V. de un asunto de la mayor importancia, y quizás lo haya retrasado ya en demasía, porque es cosa de vida o muerte.

—¡Me asustas!

—Escuche V.

—Habla, hija, habla sin temor, y cuenta con el cariño que te tengo.

—Cuento con eso, padre mío, y todo lo sabrá V.

—Bien.