Carmela pareció que se recogía un instante; luego dejando caer su manita en la ruda y ancha mano de su padre, mientras que sus largas y sedosas pestañas se bajaban tímidamente para velar su mirada, comenzó a hablar con voz débil al pronto, pero que muy luego se serenó y se tornó firme y clara.

—Lanzi le ha dicho a V. que el encuentro de una conducta de plata acampada a poca distancia del sitio en que nos hallamos, le había ayudado a librarse de la persecución de los indios. Padre mío, esa conducta de plata pernoctó anoche en la venta; el capitán que manda la escolta es uno de los oficiales más distinguidos del ejército mejicano; en varias ocasiones ha oído V. hablar de él con elogio, y aún creo que le conoce V. personalmente: se llama D. Juan Melendez de Góngora.

—¡Ah! dijo Tranquilo.

La joven se detuvo palpitante.

—Continúa, repuso el canadiense con dulzura.

Carmela le miró de reojo, vio que se sonreía, y se decidió a hablar.

—La casualidad ha llevado ya varias veces al capitán Melendez a la venta. Es todo un caballero, amable, cortés, fino, atento, y nunca hemos tenido la más mínima queja de él, como se lo dirá a V. Lanzi.

—Estoy convencido de ello, hija mía: el capitán Melendez es tal como me lo pintas.

—¿Verdad que sí? dijo la joven con viveza.

—Sí, es todo un caballero. Desgraciadamente hay muy pocos oficiales como él en el ejército mejicano.