—Esta mañana se puso en marcha la conducta de plata, escoltada por el capitán y sus soldados. Dos o tres individuos de mala catadura se habían quedado en la venta. Estuvieron viendo marchar a los soldados con una sonrisa burlona; luego se sentaron a la mesa, se pusieron a beber y quisieron principiar a hablarme de una manera poco decente y a decirme ciertas palabras que una muchacha honrada nunca debe escuchar, llegando hasta el extremo de amenazarme.
—¡Ah! exclamó Tranquilo interrumpiéndola y frunciendo el entrecejo; ¿y conoces a esos tunos?
—No, padre mío; son de esos merodeadores de las fronteras como hay tantos por aquella parte; pero, aunque los he visto varias veces, ignoro sus nombres.
—Poco importa; no te dé cuidado, que yo los descubriré.
—¡Oh! Padre mío, haría V. mal en atormentarse por eso, se lo juro.
—Bueno, bueno, eso es cuenta mía.
—Afortunadamente para mí, en aquel intermedio llegó un jinete cuya presencia bastó para imponer silencio a los tales hombres y obligarles a ser de nuevo lo que siempre debieran haber sido conmigo, es decir, atentos y respetuosos.
—Y sin duda, dijo el canadiense, ese jinete que llegó tan oportunamente para ti, sería algún amigo tuyo.
—Solo un conocido, padre mío, dijo Carmela ruborizándose levemente.
—¡Ah! Muy bien.