—Pero es muy amigo de V., al menos así lo supongo.
—¡Ya! Y de ese ¿sabes el nombre, hija mía?
—¡Sí por cierto!
—¿Y cuál es? Si no te disgusta demasiado decírmelo.
—Nada de eso. Se llama el Jaguar.
—¡Oh! ¡Oh! repuso el cazador frunciendo el entrecejo, ¿qué podía tener que hacer en la venta?
—No lo sé, padre. Dijo algunas palabras en voz baja a los hombres de quienes he hablado a V., estos se levantaron inmediatamente de la mesa, montaron a caballo y se alejaron a galope sin hacer la más mínima observación.
—¡Es singular! murmuró el canadiense.
Hubo un momento de silencio bastante prolongado. Tranquilo reflexionaba profundamente: era evidente que buscaba la solución de un problema que sin duda le parecía muy difícil de resolver.
Al fin levantó la cabeza y preguntó a la joven: