Había comprendido lo que sus compañeros esperaban de él, y había realizado prodigios, porque, como sucede siempre con las almas que han nacido para ejecutar cosas grandes, almas que se van elevando y permanecen constantemente al nivel de los sucesos, su posición, al ensancharse, había hecho más vasta su inteligencia, por decirlo así; su golpe de vista se había tornado infalible, su voluntad era de hierro; se identificó tan bien con su nueva posición, que ya no se dejó dominar ni avasallar por ningún sentimiento humano; su rostro fue de mármol para la alegría lo mismo que para el dolor; el entusiasmo de sus compañeros en ciertas ocasiones no alcanzaba a hacer pasar por sus facciones ni una llamarada ni una sonrisa.
El Jaguar no era un ambicioso vulgar; le hacía padecer el desacuerdo que reinaba entre los insurgentes; anhelaba obtener una fusión que había llegado a ser indispensable, y trabajaba con todo su poder para llevarla a cabo; en una palabra, ¡el joven tenía fe! Creía, porque, a pesar de las innumerables faltas cometidas desde el principio de la insurrección por los colonos de Tejas, había conocido tanta vitalidad en aquella obra de libertad tan mal dirigida hasta entonces, que concluyó por comprender que en toda cuestión humana hay algo más poderoso que la fuerza, el valor y aún el genio, y es la idea cuyo tiempo ha llegado, cuya hora ha sonado en el reloj de Dios. Entonces, olvidando toda preocupación, esperó y confió en un porvenir seguro.
Para neutralizar todo lo posible el aislamiento en que dejaban a su partida, el Jaguar inauguró una táctica que hasta entonces había triunfado siempre. Lo que se necesitaba era ganar tiempo y perpetuar la guerra, aunque se sostuviese una lucha desigual. Para esto era preciso envolver en el misterio su debilidad, mostrarse en todas partes, no detenerse en ninguna, encerrar al enemigo en una red de adversarios invisibles, obligarle a mantenerse de continuo con la bayoneta cruzada en el vacío, con los ojos inútilmente fijos en todos los puntos del horizonte, hostigado sin cesar, aunque sin ser nunca atacado en realidad ni formalmente por fuerzas respetables: éste fue el plan que el Jaguar inauguró contra los mejicanos, a quienes enervó así en esa fiebre de la ansiedad y de lo desconocido, que es la enfermedad más temible para los que tienen de parte suya a la fuerza.
Por eso el Jaguar y los cincuenta o sesenta jinetes que tenía bajo su mando eran más temidos por el gobierno mejicano que todas las demás fuerzas reunidas de los insurgentes.
Así pues, un prestigio inaudito rodeaba al jefe temible de aquellos hombres a quienes era imposible coger; un temor supersticioso les precedía, y su sola aproximación introducía el desorden entre las tropas enviadas contra ellos.
El Jaguar aprovechaba hábilmente sus ventajas para intentar las expediciones más aventuradas y los golpes de mano más temerarios. El que en aquel momento meditaba era uno de los más atrevidos que había concebido hasta entonces: trataba nada menos que de arrebatar la conducta de plata y coger prisionero al capitán Melendez, oficial a quien con razón consideraba como a uno de sus adversarios más temibles, y con el cual, por esto mismo, ardía en deseos de medir sus fuerzas, comprendiendo que si lograba vencerle, esta acción audaz daría al instante mucho lauro a la insurrección y le atraería numerosos partidarios.
El Jaguar, después de haber dejado detrás de sí a John Davis, se adelantó con rapidez hacia un poblado bosque que se destacaba en el horizonte con un color oscuro, y en el cual se proponía acampar aquella noche, pues no podía llegar a la barranca del Gigante hasta el siguiente día muy tarde. Además, quería quedarse cerca de los dos hombres que había destacado como exploradores, con el fin de hallarse más pronto al corriente del resultado de sus operaciones.
Un poco antes de la puesta del sol los insurgentes llegaron al bosque y desaparecieron inmediatamente bajo la enramada.
Cuando el Jaguar hubo llegado a la cumbre de una pequeña colina que dominaba el paisaje, mandó hacer alto y echar pie a tierra, y dio la orden de acampar.
En el desierto se organiza muy pronto un campamento.