John y su compañero se dejaron coger prisioneros por los exploradores del capitán Melendez, sin cometer la falta de oponer la más leve resistencia. Ya hemos referido en un capítulo anterior la manera en que se habían conducido en el campo mejicano. No volveremos a ocuparnos de estos hechos y seguiremos al Jaguar.
El joven parecía ser y era, en efecto, el jefe de los jinetes a cuyo frente cabalgaba.
Estos individuos pertenecían todos a la raza anglo-sajona; es decir, todos ellos eran norteamericanos.
Ahora bien: ¿qué oficio ejercían? Uno muy sencillo.
Por el momento eran insurgentes. Llegados la mayor parte de ellos a Tejas en la época en que el gobierno mejicano había autorizado la emigración americana, se fijaron en el país, lo colonizaron y lo desmontaron; en resumen, concluyeron por considerarle como una nueva patria.
Cuando el gobierno de Méjico inauguró el sistema de vejaciones de que ya no había de apartarse, aquellas buenas gentes abandonaron el azadón y el pico para empuñar el rifle; montaron a caballo y se pusieron en abierta insurrección contra un opresor que quería arruinarlos y desposeerlos.
Varias partidas de insurgentes se formaron así de improviso en diferentes puntos del territorio de Tejas, luchando valerosamente contra los mejicanos en cuantas partes los encontraban. Desgraciadamente para ellos, aquellas partidas estaban aisladas; ningún vínculo las unía con otras para formar un contingente compacto y temible; obedecían a jefes independientes unos de otros, que todos querían mandar sin consentir en doblegar su voluntad bajo otra superior y única, medio exclusivo, sin embargo, para obtener resultados positivos y conquistar esa independencia que, en el ánimo de las personas más ilustradas del país, era considerada aún como una utopía por razón de tan malhadada desunión.
Los jinetes a quienes hemos puesto en escena se habían colocado bajo las órdenes del Jaguar, quien, no obstante su juventud, tenía una fama de valiente, prudente y hábil, harto sólidamente establecida en toda la comarca para que su solo nombre no inspirase terror a los enemigos con quienes la casualidad le hiciese tropezar.
Los acontecimientos sucesivos probarán que los colonos, al elegirle por jefe, no se habían equivocado respecto de él.
El Jaguar era realmente el jefe que tales hombres necesitaban; era joven y hermoso, y se hallaba dotado de esa fascinación que improvisa los reyes. Hablaba poco; pero cada frase suya dejaba un recuerdo.