—¿Entraré en tratos con él? Ya sabe V. que se puede fiar muy poco en la palabra de los Apaches.
—¡Es verdad! repuso el joven con ademán pensativo; sin embargo, nuestra posición, en este momento, es en extremo difícil. Estamos abandonados a nuestras propias fuerzas, por decirlo así: nuestros amigos vacilan; todavía no se atreven a decidirse en favor nuestro, mientras que nuestros enemigos, por el contrario, levantan la cabeza, cobran ánimo y se disponen a atacarnos con vigor. Aunque a mi corazón le repugna semejante alianza, es evidente para mí que si los Apaches consienten en ayudarnos de una manera franca y decidida, su auxilio nos será muy útil.
—Tiene V. razón. En la situación en que nos encontramos, desterrados de la sociedad, perseguidos como fieras, acaso fuera imprudente rechazar la alianza que nos proponen los pieles rojas.
—En fin, amigo mío, doy a V. carta blanca; los acontecimientos le inspirarán la mejor manera de obrar. Confío por completo en la inteligencia y adhesión de V.
—No se arrepentirá V. de ello.
—Ahora separémonos, y ¡buena suerte!
—Adiós, hasta la vista.
—Hasta mañana.
El Jaguar hizo una señal postrera de despedida a su amigo o a su cómplice, según le plazca al lector denominarle, se colocó a la cabeza de la partida y arrancó a galope.
Este John no era sino John Davis el mercader de esclavos a quien sin duda recordará el lector haber visto aparecer en los primeros capítulos de la presente historia. El cómo le encontramos en Tejas formando parte de una partida de outlaws, y de perseguidor convertido a su vez en perseguido, sería cosa sobrado larga de explicar en este momento; pero nos reservamos dar acerca de esto al lector la correspondiente satisfacción cuando sea ocasión oportuna.