El desconocido se sonrió con desdén y dijo: ¿Qué tiene V. que temer? Es V. joven, robusto, y se halla bien armado: ¿no se encuentra, pues, en estado de protegerse a sí mismo?
—No, porque me hallo perseguido por enemigos implacables. Esta noche pasada me han impuesto un tormento horrible e infamante: a duras penas he conseguido escaparme de entre sus manos. Esta mañana la casualidad me puso en presencia de esos dos hombres. Al verlos, se apoderó de mí una especie de locura furiosa, y se me ocurrió la idea de vengarme; les apunté e hice fuego, y en seguida comencé a huir sin saber a donde me dirigía, loco de cólera y de espanto; cuando llegué aquí, caí anonadado, abrumado, tanto por los sufrimientos que padecí en la pasada noche, como por el cansancio que me produjo una carrera larga y precipitada por caminos endemoniados. Esos hombres, sin duda alguna, me vienen persiguiendo; si me encuentran, lo cual conseguirán, porque son unos cazadores de los bosques que conocen perfectamente el desierto, me matarán sin compasión. No tengo más esperanza que en V.; ¡en nombre de aquello que más quiera V. en este mundo le suplico que me salve! ¡Sálveme V. y mi gratitud no tendrá límites!
El desconocido había escuchado este largo y patético discurso sin que se moviese un solo músculo de su rostro. Cuando el fraile se detuvo, porque probablemente se le agotaron los argumentos y el aliento, el otro apoyó en el suelo la culata de su rifle, y respondió con sequedad:
—Todo lo que está V. diciendo puede ser muy cierto, pero me importa tan poco como una hoja que se lleva el viento; salga V. de su apuro como mejor le parezca, sus ruegos son inútiles: si V. supiera quién soy, se ahorraría el estarme calentando los oídos tanto tiempo.
El fraile fijaba en aquel hombre singular una mirada de espanto, sin saber ya qué decirle ni qué medio emplear para ablandar su corazón.
—Pero ¿quién es V.? le preguntó, más bien por decir algo que para obtener una respuesta.
—¿Quién soy? dijo el desconocido con una sonrisa irónica; ¿quiere V. saberlo? ¡corriente! Escuche V. a su vez, pues tengo que pronunciar muy pocas palabras, pero bastarán para helar de espanto la sangre en sus venas: soy el hombre a quien llaman el; ¡Desollador-Blanco! el ¡Sin piedad!
El fraile retrocedió algunos pasos tambaleándose y juntando ambas manos con esfuerzo.
—¡Dios mío! exclamó con terror, ¡Estoy perdido!
En aquel momento se oyó a corta distancia el grito del mochuelo.