El cazador se estremeció.
—¡Nos escuchaban! exclamó, y se precipitó con rapidez hacia el lado en que acababa de oírse la seña, mientras que el fraile, medio muerto de terror, se dejaba caer al suelo de rodillas y dirigía al cielo una oración fervorosa.
[XXIII.]
EL DESOLLADOR-BLANCO.
Ahora tenemos que interrumpir durante algunos momentos nuestra narración con el fin de dar al lector ciertos pormenores acerca del hombre singular que hemos puesto en escena en nuestro capítulo precedente, pormenores muy incompletos, sin duda alguna, pero indispensables, sin embargo, para la inteligencia de los acontecimientos sucesivos.
Si en vez de referir una historia verídica, inventásemos una novela, de seguro nos guardaríamos muy bien de introducir en nuestro relato personajes como el que en este momento nos ocupa; desgraciadamente nos vemos obligados a seguir la línea que ya de antemano se halla trazada ante nosotros, y a describir a nuestros personajes tales como son, tales como han existido y como todavía existen en su mayor parte.
Algunos años antes de la época en que comienza la primera parte de esta narración, comenzó a circular casi súbitamente un rumor que al pronto fue sordo, pero que muy luego adquirió cierta consistencia y grande notoriedad en los vastos desiertos de Tejas, helando de espanto a los indios bravos y a los aventureros de diferentes clases que recorren en todos sentidos aquellas soledades inmensas.
Decíase que un hombre que tenía la apariencia de un blanco recorría hacía algún tiempo el desierto en persecución de los pieles rojas, a quienes parecía que había declarado una guerra encarnizada; acerca de aquel hombre que, según decían, caminaba siempre solo, se referían actos de una crueldad horrible y de una audacia inaudita. Dondequiera que encontraba a los indios, fuera el que quisiese su número, los atascaba; a los que caían en sus manos les desollaba el cráneo, les arrancaba el corazón del pecho, y a fin de que se conociese que habían sucumbido bajo sus golpes, aquel hombre les hacía sobre el estómago una gran incisión en forma de cruz. Algunas veces, atravesando el desierto en toda su extensión, aquel enemigo implacable de la raza roja se deslizaba dentro de las aldeas, las incendiaba durante la noche cuando cada cual se hallaba entregado al sueño, y entonces hacía una matanza espantosa asesinando a cuantos encontraba: mujeres, niños, ancianos, nadie quedaba exceptuado.