Fray Antonio levantó muy despacio la cabeza: comenzaba a vislumbrar alguna esperanza.
—Perdone V., respondió, he concluido; ahora estoy a sus órdenes: ¿qué desea V. de mí?
Y en seguida se puso de pie como impulsado por un resorte, tanto adivinó por la expresión sombría de la mirada de su interlocutor que una derrota, por buena que fuese, no sería admitida.
—Está bien, tuno: me parece que eres tan diestro para disparar un tiro como para decir una oración; carga tu rifle, porque ha llegado el momento de batirte como un hombre, si no quieres ser muerto como un perro.
El fraile dirigió una mirada de terror en torno suyo y dijo vacilando:
—¡Señor! ¿Con que me es preciso batirme?
—Sí, a menos que no tengas empeño en conservar intacta tu piel, en cuyo caso puedes quedarte quieto.
—Pero acaso haya algún otro medio...
—¿Cuál?
—La fuga, por ejemplo, dijo el fraile con tono insinuante.