Estas palabras insultantes llevaron a su colmo la exasperación de los guerreros Apaches, quienes respondieron con un prolongado grito de furor.

—¿Dejarán mis hermanos por más tiempo que un solo hombre se esté burlando de nosotros? exclamó el Zorro-Azul. Nuestra cobardía constituye su fuerza. Precipitémonos con la rapidez del huracán sobre ese genio del mal: no podrá resistir al choque de tantos guerreros afamados. ¡Adelante, hermanos! ¡Adelante! Sea nuestro el honor de haber vencido al enemigo implacable de nuestra raza.

Y el valiente jefe, lanzando su grito de guerra que fue repetido por sus compañeros, se precipitó hacia el Desollador blandiendo resueltamente su rifle por encima de su cabeza; todos los guerreros le siguieron.

El Desollador les aguardó sin cejar, pero tan luego como los vio a su alcance, recogiendo las riendas y oprimiendo las rodillas hizo saltar al noble animal en medio de los indios, y cogiendo su rifle por el cañón y sirviéndose de él como de una maza, comenzó a pegar a derecha e izquierda con un vigor y una rapidez que tenían algo de sobrenatural.

Entonces comenzó una pelea espantosa; los indios se encarnizaban contra aquel hombre que, como jinete hábil, hacía dar a su caballo las vueltas y los giros más imprevistos, y por la rapidez de sus movimientos impedía que agarrasen la brida y le parasen.

Los dos cazadores aguardaron al pronto con el arma descansada, convencidos de que era imposible que un solo hombre pudiese, no ya luchar, sino tan siquiera resistir dos minutos a unos enemigos tan numerosos y tan valientes; pero muy luego conocieron con suma sorpresa que se habían equivocado: ya varios indios yacían tendidos en el suelo con el cráneo partido por la terrible maza del Desollador, que no desperdiciaba un solo golpe.

Los cazadores comenzaron entonces a variar de opinión acerca del resultado de la lucha y quisieron acudir al auxilio de sus compañeros; pero sus rifles les eran inútiles en el continuo movimiento del combate cuyo terreno variaba a cada instante, sus balas hubieran podido equivocarse fácilmente y herir a un amigo en vez del enemigo a quien querían derribar; entonces tiraron sus rifles, desenvainaron sus cuchillos y se lanzaron al auxilio de los Apaches, que comenzaban a flaquear.

El Zorro-Azul, peligrosamente herido, estaba tendido en el suelo sin sentido; los guerreros que aún se hallaban sanos comenzaban a pensar en la retirada y a dirigir miradas ansiosas detrás de sí.

El Desollador seguía batiéndose con la misma furia, burlándose de sus enemigos e insultándolos; su brazo se levantaba y se bajaba sin cesar.

—¡Ah! ¡Ah! exclamó al ver a los dos cazadores, ¿quieren VV. su parte? ¡Vengan, vengan acá!