Éstos no se lo hicieron repetir y se precipitaron ciegos sobre él; pero en mala hora lo hicieron: John Davis recibió un golpe con el pecho del caballo que le hizo ir rodando por el suelo a más de veinte pasos de distancia, donde quedó tendido; en el mismo instante su compañero caía con el cráneo roto y expiraba sin proferir ni una queja.
Esta última peripecia dio el golpe de gracia a los indios, que, no pudiendo resistir ya el espanto que les inspiraba aquel hombre extraordinario, comenzaron a huir en todas direcciones lanzando aullidos de terror.
El Desollador dirigió a la ensangrentada plazoleta, en la que había unos diez cuerpos tendidos, una mirada de triunfo y de odio satisfecho, y lanzando su caballo hacia adelante alcanzó a uno de los fugitivos, le levantó agarrándole por la cabellera, se le puso atravesado sobre el arzón de su silla, y desapareció en el bosque profiriendo un grito horrible.
Ya no quedaban en la plazoleta del bosque más que diez o doce cuerpos tendidos en el suelo, de ellos solo dos o tres vivían aún, y los demás no eran sino cadáveres.
También esta vez el Desollador-Blanco se había abierto paso de una manera sangrienta.
En cuanto a fray Antonio, tan luego como vio empeñado el combate juzgó inútil aguardar su resultado; aprovechó juiciosamente la ocasión, y deslizándose con suavidad de árbol en árbol, llevó a cabo una retirada muy bien entendida y huyó.