—Bien. El Jaguar desea enterrar el hacha entre sus guerreros y los de mi hermano a fin de que la paz los reúna y que, en vez de pelear, unos contra otros, persigan a los bisontes en los mismos territorios de caza y se venguen de sus enemigos comunes. ¿Qué respuesta llevaré al Jaguar?

El indio permaneció silencioso durante mucho tiempo; al fin levantó la cabeza y dijo:

—Abra mi hermano los oídos: un sachem va a hablar.

—Ya escucho, respondió el americano.

El jefe repuso:

—Las palabras que sopla mi pecho son sinceras, el Wacondah me las inspira; los rostros pálidos, desde que fueron traídos por el genio del mal en sus grandes barcas-medicinas a las tierras de mis padres, siempre han sido enemigos encarnizados de los hombres rojos, invadiendo sus territorios de caza más ricos y fértiles, persiguiéndolos como fieras en cuantas partes los encontraban, incendiando sus callis (aldeas) y dispersando los huesos de sus antepasados a los cuatro vientos del cielo. ¿No ha sido esa la conducta observada constantemente por los rostros pálidos? Responda mi hermano.

—¡Eh! dijo el americano con cierto embarazo, no puedo negar, jefe, que hay algo de verdad en lo que V. dice; sin embargo, no todos los hombres de mi color se han portado mal con los pieles rojas; muchos han procurado hacerles bien.

—¡Ooah! Dos o tres todo lo más; pero eso no hace sino probar lo que yo digo. Vengamos ahora a la cuestión que nos proponemos discutir.

—Sí, creo que será lo mejor, respondió el americano muy contento interiormente, por no tener que sostener una discusión en la que sabía que no había de llevar la mejor parte.

—Mi nación aborrece a los rostros pálidos, repuso el jefe; el cóndor no hace su nido con el mawkawis, y el oso gris no acompaña al antílope; yo mismo profeso a los rostros pálidos un odio instintivo. Así pues, esta mañana hubiera yo rechazado perentoriamente las proposiciones del Jaguar: ¿qué nos importan a nosotros las guerras que los rostros pálidos sostienen entre sí? Cuando los coyotes se devoran unos a otros, los gamos se regocijan; es para nosotros una alegría el ver a nuestros opresores destrozarse recíprocamente. En los momentos presentes, aunque mi odio continúa igualmente vivo, debo encerrarlo en el fondo de mi corazón. Mi hermano me ha salvado la vida, me ha socorrido cuando yo me hallaba tendido en el suelo exánime y el genio del mal se cernía sobre mi cabeza; la ingratitud es un vicio blanco, el agradecimiento es una virtud roja. Desde hoy mismo queda enterrada el hacha entre el Jaguar y el Zorro-Azul por el espacio de cinco lunas consecutivas. Durante esas cinco lunas, los enemigos del Jaguar lo serán también del Zorro-Azul; los dos jefes pelearán uno junto al otro como dos hermanos queridos; dentro de tres soles, el sachem se reunirá con el jefe pálido a la cabeza de quinientos guerreros afamados, cuyos talones están adornados con numerosas colas de coyotes, y que forman la parte más escogida de la nación. ¿Qué hará el Jaguar por el Zorro-Azul y por sus guerreros?