—En cuanto a sus pobres compañeros, jefe, me veo obligado a confesarle que ya no tenemos que cuidarnos de ellos, pues todo auxilio les sería inútil: están muertos.
—¡Bueno! Han sucumbido noblemente peleando. El Wacondah les recibirá en su seno y les hará cazar con él en las praderas bienaventuradas.
—¡Amén!
—Ahora, ante todo, terminemos el asunto de que habíamos comenzado a hablar esta mañana y que fue interrumpido tan fortuitamente.
John Davis, no obstante su hábito de la vida del desierto, estaba confundido al ver la sangre fría de aquel hombre que, habiéndose librado milagrosamente de la muerte, sufriendo el dolor producido por una herida espantosa, y haciendo apenas algunos minutos que había recobrado el uso de sus facultades intelectuales, parecía que ya no pensaba en lo que había ocurrido, no consideraba los sucesos de que estuvo próximo a ser víctima sino como accidentes muy naturales de la existencia que llevaba, y con la más entera libertad de ánimo proseguía una conversación interrumpida por un combate terrible, tomándola precisamente en el punto en que la había dejado. Era porque el americano, no obstante lo mucho que hasta entonces había frecuentado el trato de los pieles rojas, nunca se había tomado el trabajo de estudiar seriamente su carácter, pues se hallaba persuadido, como la mayor parte de los blancos, de que los indios son seres casi desprovistos de inteligencia, y de que la vida que llevan les rebaja casi hasta el nivel de los animales, mientras que, por el contrario, esa vida de libertad y de riesgos incesantes hace que el peligro les sea tan familiar que han llegado a despreciarle y a no concederle sino una importancia muy secundaria.
—Corriente, dijo al cabo de un instante, puesto que V. lo desea, jefe, le trasmitiré el mensaje que me han confiado.
—Siéntese mi hermano a mi lado.
El americano se sentó en el suelo junto al jefe, no sin cierta preocupación por motivo del aislamiento en que se encontraba en aquel campo de batalla sembrado de cadáveres; pero el indio parecía tan sereno y tan tranquilo que a John Davis le dio vergüenza mostrar su inquietud; y fingiendo una indiferencia que se hallaba muy lejos de su corazón, tomó la palabra en estos términos:
—Soy enviado cerca de mi hermano por un gran guerrero de los rostros pálidos.
—Le conozco: se llama el Jaguar. Su brazo es fuerte y su ojo brilla como el del animal cuyo nombre lleva.