—Ya sé que es V. un guerrero valiente, jefe; pero la naturaleza tiene sus límites de los cuales no puede pasar; y por grandes que sean el valor y la voluntad de V., la hemorragia abundante que le ha ocasionado su herida debe haberle reducido a una debilidad extremada.

—Doy gracias a mi hermano, esas palabras son las de un amigo; pero el Zorro-Azul es un sachem en su nación, y solo la muerte debe dejarle inmóvil. Juzgue mi hermano la debilidad del jefe.

El indio, al pronunciar estas palabras, hizo un esfuerzo supremo; resistiéndose al dolor, con esa energía y ese desprecio al sufrimiento que caracterizan a la raza roja, consiguió levantarse, y no solo se mantuvo firme sobre sus pies, sino que anduvo algunos pasos sin auxilio ajeno y sin que en su rostro se revelase la más leve emoción.

El americano le miraba con profunda admiración; él, que con justa razón disfrutaba cierta nombradía de valiente, no podía imaginar que fuese posible llevar tan lejos el triunfo de la fuerza moral sobre la fuerza física.

El indio se sonrió con orgullo al leer en los ojos del americano la sorpresa que le causaba su acción.

—¿Sigue creyendo mi hermano que el Zorro-Azul esté tan débil? le preguntó.

—¡En verdad, jefe, que ya no sé qué pensar! Lo que le veo a V. hacer, me confunde; me hallo dispuesto a suponerle capaz de ejecutar las cosas más imposibles.

—Los jefes de mi nación son guerreros afamados que se ríen del dolor, y para quienes no existe el sufrimiento, dijo el piel roja con orgullo.

—Me hallo inclinado a creerlo así, según el modo de proceder de V.

—Mi hermano es un hombre, me ha comprendido. Examinaremos juntos a los guerreros tendidos en el suelo, y después pensaremos en nosotros.