—¡Oh! murmuró sordamente el indio, ¡eso no es un hombre, es el espíritu del mal!
—Que sea lo que quiera, ¡voto al diablo! exclamó John enérgicamente, yo no he de quedarme con la duda, porque espero que algún día he de volver a encontrarme con ese demonio.
—¡Que el Wacondah libre a mi hermano de ese encuentro, porque el demonio le mataría!
—Puede ser; por cierto que si no lo ha hecho hoy, no ha sido por culpa suya; pero ¡que se ande con cuidado! Quizás algún día nos encontraremos frente a frente, con armas iguales, y entonces...
—¿Qué le importan a él las armas? ¿No ha visto V. que nada pueden hacerle y que su cuerpo es invulnerable?
—¡Eh! Es muy posible. Pero por ahora dejemos eso para cuidarnos de asuntos que nos atañen más de cerca. ¿Cómo se encuentra V.?
—Mejor, mucho mejor, el remedio que me ha aplicado V. me ha hecho mucho bien. Siento un bienestar indecible.
—Tanto mejor; ahora procure V. descansar dos o tres horas mientras yo velo su sueño, y luego discurriremos los medios para salir del mal paso en que nos hemos metido.
El piel roja se sonrió al oír estas palabras y dijo:
—El Zorro-Azul no es una vieja cobarde a quien un dolor de muelas o de oídos le incapacita de moverse.