—Vamos, aún no está muerto, y mientras el alma se halla agarrada al cuerpo, todavía hay esperanza. Probemos.

Después de decir estas palabras, John Davis llenó de agua su sombrero, le echó algunas gotas de aguardiente y comenzó a lavar cuidadosamente la herida; cuando hubo hecho esto, la sondeó y vio que era poco profunda; según toda probabilidad, la pérdida de sangre era la que había producido el desmayo. Tranquilizado por esta reflexión muy acertada, machacó entre dos piedras algunas hojas de orégano, hizo una especie de cataplasma, la aplicó a la herida y la vendó sólidamente por medio de una tira de corteza de árbol; en seguida, entreabriendo con la hoja de su cuchillo los dientes del indio, introdujo en su boca el cuello de su calabaza y le hizo beber un gran trago de aguardiente.

El buen éxito coronó casi al instante los esfuerzos del americano, porque el jefe lanzó un suspiro profundo y abrió los ojos casi inmediatamente.

—¡Bravo! exclamó John gozoso por el resultado inesperado que había obtenido. Ánimo, jefe, que está V. salvado. ¡Vive Dios! ¡Bien puede V. alabarse de haberse librado en una tabla!

Durante algunos minutos el indio permaneció como atontado, dirigiendo en torno suyo miradas de asombro, sin conocer la situación en que se encontraba ni los objetos que le rodeaban.

John le examinaba con sumo cuidado, dispuesto a auxiliarle si llegaba a necesitarlo de nuevo, pero no fue preciso. Poco a poco pareció que el piel roja se reanimaba; sus ojos perdieron la expresión de extravío que tenían. Se incorporó, y pasándose la mano por la frente bañada en frío sudor, dijo:

—¿Ha concluido ya el combate?

—Sí, respondió John, porque nuestra derrota es completa. ¡Bonita idea fue la que se nos ocurrió de apoderarnos de ese demonio!

—Según eso, ¿se ha escapado?

—Sí por cierto, y sin ninguna herida, después de dar muerte a diez guerreros de los de V., por lo menos, y partir el cráneo hasta los hombros a mi pobre compañero Sam.